Carlota
- Hasta ahora
hago ocho pistas completas… - comenta Pablo entrando en la piscina.
- Pues haz las
ocho pistas y luego veremos lo que podrás hacer…
- ¿Estás aquí
hace poco tiempo?
- No… hace casi un
año que sigo aquí, pero solo en mis tiempos libres…
- Ya… es que
nunca te he visto por aquí… voy a empezar, ¿vale?
- Vale…
Para decir la
verdad, este tío tiene muy buena cara. Me parece ser muy majo, pero de eso no
puedo fiarme mucho que a veces las apariencias nos equivocan. Me siento en la
silla frente a la piscina y lo veo nadando como un pez.
El día sigue
aburrido. Pasé todo el día haciendo lo mismo: sentada en la silla, mirando a la
poca gente que estuve aquí en la piscina. Al menos podría existir algún alma
que ahogase en la piscina o que hiciese una herida pequeña para quebrar esta
puta rutina. ¡Qué tedio!
Del silencio
surge Pedro, el mismo que salió por la mañana sin nada decir a nadie. Estaba
cabizbajo, se sentó a mi lado y se puso haciendo lo mismo que yo, pero sin una
sola palabra soltar, ni tan solo un saludo.
- En la piscina
está Pablo… - suelto yo la frase con la esperanza de que saliese algo de su
boca.
Seguíamos hechas
dos estatuas, sin hablar, sin mover, solo mirando a ese chico que seguía nadando
en la piscina. El ambiente está muy raro entre nosotros hace algún tiempo, pero
desde aquella noche en la que salimos con mi clase y con la suya, de medicina,
que nada sigue igual. Algo ha pasado y yo sigo sin saber lo que es.
- Pedro, estás
muy raro…
- ¿Pablo está
haciendo las ocho pistas?
- No cambies el
tema, ¿qué te pasa?
- No me pasa
nada… a ti sí que te pasa algo…
- ¿Por qué?
- No te hagas de
tonta, Carlota… tú y aquel tío bailando en la pista cuando…
- ¿Algo malo en
hacerlo? – le interrumpo.
- No me ha
gustado…
- ¿Pero tú eres
mi novio para decir eso? Yo bailo con quien quiero y ya está… no tengo que
justificarme para nadie…
- Pensé que
teníamos algo…
- Eso podía
sucederse si no tuvieses constantemente haciendo esas cosas… que no me gusta
esto, que no debes irte, que no debes comer… ¡joder, qué pesado eres!
- Solo te digo
eso para…
- … lo dices para
nada. – interrumpo de nuevo - Solo haces con que me enfade y me aleje de ti… me
voy, que tengo mucho que hacer…
Me levanto de la
silla, miro el reloj y el milagro de las siete de la tarde se sucede. Es hora
de salir aquí y no podía sucederse en mejor momento. Recojo mi bolso y a pasos bien rápidos subo
las escaleras hacía la recepción, dónde el silencio permanece y Concepción
sigue distraída con sus inmensas revistas.
- Hasta mañana, Concepción…
- le digo.
- Oye, que no te
estaba escuchando… ¡hasta mañana, guapa!
- Bueno, al menos
llegué en el momento cierto… - saliendo del edificio veo a Isabel, mi mejor
amiga, con quién comparto el piso – Manu me ha llamado a ver si hoy podríamos
cenar todos juntos… ¿qué te parece?
- Hoy no es un
buen día…
- ¿Ha pasado
algo?
- Es Pedro… cada
vez es más pesado conmigo, el tío no me deja…
- No te enfades
con gilipollas como él… lo mejor sería salir de aquí… así dejarías de verlo…
- Me encantaría,
pero sin este trabajo se queda muy complicado mantenerme en la universidad… hay
que aguantar un poco más…
- Es un problema…
venga, nena, ven conmigo a cenar, por favor…
- Hoy es jueves,
Isabel… si fuera mañana sería mucho mejor, lo sabes…
- Para mañana ya
tenemos algo también…
- Hasta mañana,
Carlota… - pasa Pablo con una sonrisa.
- Hasta mañana… -
le respondo.
- ¿Quién es ese
muchacho? – me susurra Isabel.
- Es un chico que
frecuenta la piscina…
- Qué guapo es…
lo veo que aquí yo tenía mucha cosa buena para contemplar…
- No te iludes,
niña… la piscina está muchas veces vacía…
- Qué pena… y qué
pena es que tú no sepas nada de él…
- ¿De quién?
- ¿Eres tonta o
qué? Del tío que ha pasado ahora mismo…
- ¿Para qué
debería saber algo de él?
- … porque estás
sola, necesitas de un chico para animarte... y yo también necesito conocer
nueva gente…
- Ya…
- A ver si en la próxima
vez que él esté por aquí tú le saques algunas informaciones…
- Vale, vale...
¿ahora podemos irnos?
- Sí, podemos…
¿ni el nombre sabes?
- Qué pesada
eres, Isabel… se llama Pablo…
- Muy
interesante… nos vamos a cenar y no me importa si dices que no... te voy a ayudar
a buscar un chico para ti…
- Si hablas otra
vez de esto, yo te pongo a dormir en la calle, ¿eh?
- Eres mala, ¿eh?…
¿cómo van las cosas en la universidad?
- Muy buenas…
- ¿Muy buenas?
Estás tan rara, tía…
- ¿Qué quieres
que te diga?
- Nada… no me
digas nada…
Pronto estábamos
en el restaurante junto a la playa dónde Manuel había dicho. Siempre nos
encontramos por aquí para pasar noches muy agradables y por supuesto que el
mismo grupo de los siete no podía faltar. Yo, Isabel, Manuel, Pepe, Quique,
Carlos y Catalina. Somos una pequeña familia aquí en Málaga, dónde todos
estamos lejos de nuestras casas, de nuestras familias y sabemos perfectamente
lo que es vivir en un lugar dónde tienes que vivir por algún tiempo si quieres
tener un futuro mejor.
- Lo sabéis que
la paella es nuestra cena… - comenta Manuel.
- … ¿pero quieres
mejor plato? – dice Carlos – Yo sin la paella no sería nadie…
Carlos y la
paella son amigos inseparables. Si pudiera, la comía todos los días y seguro
que no le molestaba tener que comer siempre la misma cosa. Es muy buen amigo,
tiene un humor muy difícil de explicar. Siempre tiene chistes nuevos para
contar y quizás sea por eso, con su tan grande y buena energía, que quiere ser
profesor, especialmente en clases con niños pequeños.
Mientras
disfrutábamos de la paella y de los chistes malísimos de Carlos, Isabel me toca
en el brazo de forma muy discreta y susurra:
- Mira quién está
en aquella mesita…
En la mesa que
Isabel estaba mirando llegaba Pablo, el chico que tanto encantó a ella. Venía
acompañado de una chica guapísima y me parecía ser su novia. Sin embargo, Pablo
mira nuestra mesa y de forma poco discreta me da un “adiós”. En ese mismo
momento no sé qué ha pasado, pero giro mi cara y no le contesté. Isabel me toca
muy fuerte en el brazo, con una cara que me estaba preguntando de forma
silenciosa “¿No le contestas?”
CONTINUA...
No hay comentarios:
Publicar un comentario